Con el nombre de Ingapirca, palabra kichwa que significa “muro o pared del inca”, se designa al conjunto arquitectónico inca más importante y mejor conservado del país, conocido desde tiempos tempranos  de la Colonia española, pues Pedro de Cieza de  León, a mediados del siglo XVI se refirió entonces a los “grandes aposentos” existentes en Hatún Cañar, como se llamaba el sector de donde se derivó el nombre de toda la gran confederación cañari.

La primera relación histórica segura de este monumento es la redactada por los científicos y marinos españoles Antonio de Ulloa y Jorge Juan, quienes llegaron a la Real Audiencia de Quito en 1736, integrando la Primera Misión Geodésica Francesa. Miembro sobresaliente de esta misión fue el académico francés Carlos María de La Condamine, quién publicaría en Europa la descripción más completa y detallada de la época, acompañada de un croquis muy preciso. Este incluye tanto el Castillo o Elipse y sus aposentos aledaños, como el gran recinto habitacional excavado y redescubierto en 1975 por los arqueólogos de la Misión Científica Española, quienes denominaron La Condamine a los muros emplazados al sur oriente del llamado torreón.

Otras descripciones   del   lugar   fueron realizadas durante el siglo XIX por los insignes naturalistas Alejandro Von Humboldt y Francisco José de Caldas. A finales de este siglo, el historiador Federico González Suárez, en varias de sus obras, como el Estudio histórico sobre los cañaris (1878), reporta con detalle estas edificaciones y comenta el avanzado estado de deterioro en el que se encontraban ya en su época.

En el siglo pasado, Ingapirca fue motivo de interés de varios estudiosos como el doctor Paúl Rivet, etnólogo y médico francés, quien resume los análisis anteriores y aporta con datos precisos para su conocimiento. El arqueólogo alemán Max Uhle, destaca la técnica constructiva de varios componentes del sitio, en especial de la “Elipse”, hoy llamado “Templo del Sol”.

Una de las principales labores de investigación académica llevadas a cabo en Ingapirca, entre 1967-1968 fueron realizadas por el arqueólogo norteamericano Gordon J. Haden, investigador del “Instituto Andino de Nueva York”, quien realizó también trabajos de limpieza y consolidación de los vestigios de la Elipse y de  los aposentos  anexos, ejecutados entre octubre de 1967 y enero de 1968, tarea que es continuada en  abril  de  1968 por el  coronel  (r) Ángel Bedoya Maruri , quien además logra la recuperación de las piedras sillares pertenecientes al conjunto prehispánico que se encontraban diseminadas en una amplia zona, algunas de ellas formando parte de cercados, paredes  y linderos.  Entre estas piezas se hallaron elementos arquitectónicos de gran importancia como umbrales, dinteles, piedras de desagüe y “bisagras”.

En 1970, el doctor Juan Cueva Jaramillo realizó una temporada  de excavaciones de dos meses, doblemente  importante: en  primer  lugar,  debido a  la  recuperación de una parte de lo que hoy conocemos como La Condamine y el descubrimiento y parcial desbaste de Pilaloma, gran conjunto    situado a unos ciento cincuenta metros  al sur oriente de la Elipse y, en segundo lugar, por las excavaciones sistemáticas en la quebrada del Intihuayco, muy importantes  para entender  la evolución de la alfarería antigua.

Luego, en los años 1974 y 1975, la Comisión Española de la Universidad Complutense de Madrid, dirigida por el famoso americanista, doctor José Alcina Franch, asistido por los doctores Miguel Rivera Dorado, Lorenzo López y Sebastián y Antonio Fresco González, también dejó su impronta.

Su trabajo permitió despejar todos los muros de La Condamine y Pilaloma, zanjando exhaustivamente las dos áreas y consolidando la Elipse. Especial énfasis puso la misión en reponer las hiladas de piedra correspondientes a un sector de la fachada norte del muro de contención del Templo, que se había derrumbado, poniendo en peligro  su estabilidad.

Muy significativo fue el aporte de Mario Jaramillo Paredes, quien en 1976 publicara su tesis doctoral en historia, sostenida en la Universidad de Cuenca. Este trabajo se ha constituido en una obra de obligada consulta debido a que resume lo hecho hasta esa fecha y reinterpreta científicamente la función de los diferentes componentes del sitio.

Desde agosto de 1978, y por un período de cuatro años, laboró en calidad de arqueólogo residente el doctor Antonio Fresco, obteniendo como resultado el descubrimiento de un conjunto de muros denominados por él, como la Vaguada y Bodegas, que une arquitectónicamente a La Condamine con Pilaloma.

Por   fin, estudios de la Universidad de Varsovia, a lo largo de la misma década, han efectuado muy serias contribuciones al conocimiento de la arqueoastronomía, pues las conclusiones a las que ellos arribaron indicaron que las construcciones estuvieron directamente vinculadas con la observación de los astros, ciencia de la que los incas eran acérrimos cultivadores.